¿Alguna vez has deseado con todas tus fuerzas multiplicarte?
Para así alcanzar a todo lo que tienes que hacer. Convertirte en dos o tres veces tu misma y estar en más de un lugar a la vez. ¿Sería un super poder no es cierto?
Imagínate que de pronto ese deseo se cumple y logras duplicarte y tu capacidad de trabajo también se dobla, pero aunque haces más, el cansancio y la sensación de no alcanzar a todo, también crece.
La mujer multiplicada (o dividida)
Es un extraordinario álbum de Elena Losada y Amanda Mijangos (Ekaré, 2025). Una metáfora que es a la vez un homenaje a la intensidad del quehacer femenino y que nos permite reflexionar sobre las diversas piezas que nos arman y a veces también, al mismo tiempo nos desdibujan.

La protagonista de esta historia es una mujer de pueblo, alta y robusta. No sabemos su nombre, ni qué cosas le gusta hacer. Solo sabemos que trabaja sin descanso y como es la más fuerte del lugar, los vecinos le pedían ayuda para todo.
Ella evidentemente estaba sumergida en las actividades cotidianas, dispuesta y disponible para los demás.
Estoy segura de que, en este punto, más de un rostro se te ha venido a la mente.
Y es que todas conocemos mujeres como la protagonista de este relato, asumiendo grandes responsabilidades y repitiendo constantemente “ojalá pudiera multiplicarme”.
La fantasía como espejo
La parte ficcional de la historia nos permite jugar con esa posibilidad imaginaria de multiplicarnos y ser varias mujeres al mismo tiempo.

Lo interesante del planteamiento de Elena Losada, es que ese desdoblamiento no soluciona el problema, sino por el contrario lo evidencia. Muchas mujeres diligentes realizando todo tipo de trabajos, viviendo de prisa, entre exigencias y responsabilidades, tal cual ocurre en la narración:
«Pero, aunque eran muchas y trabajaban como hormigas, siempre había más que hacer y siempre estaban cansadas»
La literatura nuevamente nos ofrece la oportunidad de vernos reflejadas en los personajes y sus vivencias. Nos cuestiona, nos remueve y nos invita a detenernos.
¿Qué nos hace parar?
No es casual que escriba sobre este álbum en marzo, mes de la mujer. No es casual que quiera poner sobre la mesa, el cansancio de cuidar, de maternar, de estar pendiente de otros, de la carga mental, del cumplir con lo que se espera de nosotras y sentir que no llegamos a todo.
Y no es casual que este álbum, poderoso y sensible, termine con el deseo de parar, de restaurar, de volver a ser una sola, como antes:

«Un día sintieron que ya no podían más. La que fue la mujer más fuerte del pueblo congregó a sus multiplicaciones.
_ ¡Esto no puede seguir así! Necesito recuperarme.
_ Todas lo necesitamos – respondieron las demás_. ¡Estamos exhaustas!»
¿Cómo lo lograron? No es bueno adelantar el final, ni en películas ni en libros. Pero hay solo una cosa que escribiré: el canto ayuda a reparar. Y si es colectivo mucho mejor.
«Pasado el tiempo, muy pocos recordaban a la mujer más fuerte del pueblo; en cambio, no olvidaron jamás la canción de aquel diminuto y potente coro de mujeres que inundó el campo un día de fiesta».
La invitación a ser una sola
Quizás la clave no sea aprender a hacer más, sino aprender a ser menos: menos roles, menos tareas, menos versiones de nosotras mismas.
Te invito a soltar la fantasía de la multiplicación, aunque en ocasiones sea muy seductora. Aceptar que no podemos con todo y que eso no es una derrota, es un acto de honestidad.
Busquemos nuestro propio «canto». Ese espacio, actvidad, pasatiempo o silencio, que nos devuelva a nuestro centro, que nos conecte con quien somos y sobre todo, con quien realmente queremos ser.
No somos más valiosas por cuánto producimos o por la cantidad de personas que cuidamos, sino por hecho de ser nosotras mismas.

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