El pasado mes de marzo, Renato Cisneros, escritor peruano residente en Madrid, presentó en Barcelona su novela El mundo que vimos arder (Alfaguara, 2023).
¿Por qué les cuento esto? Si sucedió hace varios meses y ¡encima es sobre un libro de literatura adulta! Pues, porque esa presentación y sobre todo, la conversación que se produjo después, me quedó resonando dentro. De hecho, me dejó una sensación de intranquilidad que, para poder digerirla, viene bien escribirla.

Este libro se publicó poco antes que yo viniera a España, tenía pensado comprarlo porque ya había leído algunas obras de Cisneros y aunque eran más íntimas y con trazos autobiográficos, me gustaba su estilo y sobre todo, su manera de contar. Y esta novela, se anunciaba con bombos y platillos, ¡cómo no leerla!
Sin embargo, los días previos al viaje no me permitieron ni comprar ese libro, ni hacer muchas otras cosas que estaban en mi lista de pendientes. Llegó el día del viaje y fue en el aeropuerto, camino a la sala de embarque, cuando la vi y la compré. Pensé que sería una buena compañía para las muchísimas horas de vuelo que me esperaban.
Confieso que, por distintas razones, me costó bastante leerlo. Quizás porque uno de los protagonistas es un peruano que vive en España y aunque ya lleva mucho tiempo fuera, no termina de sentirse parte ni del lugar donde vive, ni del que dejó.
“Aquí siempre vamos a ser extranjeros. El pasaporte europeo solo sirve para que no te miren feo en los aeropuertos” le dice un taxista peruano a su pasajero, también peruano. Ambos viven en Madrid y la conversación entre estos dos personajes, es de las primeras cosas que te acercan al mundo que vimos arder. Al mundo que vemos arder a diario.
La guerra como parte de la vida
La guerra también está presente en el texto. Siempre es duro leer sobre la guerra, imaginar la vida de quienes han estado cerca o de quienes han tenido que bombardear ciudades. Como le ocurrió a Matías Guirato, otro peruano que deja su país, termina enrolándose en el ejército estadounidense y participando en el ataque de la ciudad alemana de Hamburgo.
Como podrán imaginar, la presentación de este libro trajo muchas reflexiones y cuestionamientos. Dos escritores peruanos, Santiago Roncagliolo y Renato Cisneros, hablando de migración, del país que dejaron, de esa vida fantasma que tenemos en la mente:
la vida que hubiéramos vivido si nos hubiésemos quedado en Lima, esa vida paralela que siempre está presente.

En un momento Santiago le pregunta a Renato, “¿por qué irse del Perú si ahí estarías mejor que acá, tendrías un programa en la tele seguramente y estarías ganando más dinero?”. Salvo lo del programa en la tele, esa misma pregunta me he empezado a hacer yo, cada vez con más frecuencia.
“No hay nada peor que vivir con miedo” le contesta Renato. Los peruanos estamos acostumbrados a recibir malos servicios públicos, en educación, salud, transporte, pero la falta de seguridad es algo que atenta con tu vida directamente y eso no se puede tolerar.
La conversación inevitablemente derivó a los años de terrorismo en los que crecimos todos los de esa generación, a esa enorme violencia en la que nos hicimos adolescentes y cómo normalizamos los coches bomba, los apagones y los atentados.
“Uno no tiene idea de la carga de violencia que trae por haber vivido donde ha vivido”
fue uno de los comentarios de esa noche. Y mi corazón se estrujó, porque claramente no quiero ese entorno para mis hijos, ni esa normalización de la violencia, del atropello, del manejo temerario, del vivir alerta cuando sales a la calle o escuchas una moto pasar.
La literatura: ese espejo incómodo
Vivir fuera es también llevar una vida fantasma disimulada, quizás encubierta, pero presente. Es habitar dos mundos a la vez, echando de menos la vida que no estamos viviendo, mientras que nos inundamos de todo lo nuevo, grande, emocionante, retador, que implica ser extranjero.
Una vez más, la literatura cobró poder. Esa licencia que tiene de conmovernos, de dejarnos preguntas, de incomodarnos, de retumbarnos y dejarnos ese estado por mucho tiempo.

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