¿Cómo es posible que la palabra «reglas» conviva con «verano» en una misma frase?
Para mi son opuestas y no caben en una sola oración. El verano es libertad, juego, permisividad, apertura, exploración, elección. Todo aquello que procuro tener presente en mi vida. En parte por eso, el verano es mi época favorita del año.
Esta estación es también la posibilidad (o el recuerdo) de las primeras experiencias vividas: los primeros viajes sin padres, el primer amor, los primeros mejores amigos, las primeras aventuras fuera de casa, el primer campamento, las primeras fiestas de verano o conciertos al aire libre y así por el estilo. Creo, sin temor a equivocarme, que los mejores recuerdos de nuestra infancia están enmarcados en algún verano memorable.
Entonces, ¿a qué reglas del verano me refiero?
Pues a esas que nosotros mismos ponemos, las que deseamos, las que nos sirven para crear, para soñar, para imaginar, para jugar y para plasmar nuestros propios recuerdos. Esos que nos acompañarán toda la vida.
Es esa invitación la que nos hace Shaun Tan con este álbum tan sorprendente como evocador.
Las reglas del verano (Bárbara Fiore, 2014) es uno de mis preferidos porque le da total libertad al lector para interpretar lo que en él aparece. Casi nada está explicado y todo está sugerido, convirtiéndolo en un libro íntimo, único y muy personal.

La imagen de esta entrada es la primera escena del libro. Dos niños en complicidad susurrándole uno al otro, algo al oído. Quizás alguna propuesta traviesa o disparatada que de inicio a una aventura de verano. Al pasar la página, podemos leer: “He aquí lo que aprendí el pasado verano” y con esa frase nos adentramos a las mejores reglas del verano que hemos podido leer.


“Nunca arruinar un plan perfecto” o “Nunca darle tus llaves a un extraño” son algunas de las normas que podemos leer.
Acompañadas con ilustraciones muy al estilo de Shaun Tan, que nos transportan a universos surrealistas, que desde nuestra mirada adulta nos pueden parecer ilógicos o extraños. Quizás porque hemos olvidado cómo es la imaginación de la infancia, inocente y creativa, capaz de guiarnos hacia terrenos de juegos y reglas disparatadas, pero auténticas y únicas.
Pero lo más importante de todo, si hay alguna regla que debemos cumplir si o si, es la última:
«Nunca te pierdas el último día de verano»
La magia de la playa y del reencuentro
Y hablando de verano, para mi es inevitable transportarme a la playa. A la brisa, al sonido de las olas, a ese primer chapuzón cuando el calor te invade por completo. Entonces corres sobre la arena sintiendo cómo te queman las plantas de los pies, deseando llegar de una vez por todas al mar. Ese baño delicioso que te abraza, te refresca y te reconforta, es para mí, de las mejores cosas que existen en la vida.

Y es que la playa también tiene magia. Puede transportarnos a recuerdos de infancia, a amigos entrañables que, aunque durasen solo un verano, llegaron a ser muy especiales. Si ese es tu caso, no puedes dejar de leer Un niño en la playa de Luciano Lozano (Akiara Books, 2023).
Una obra que recoge algunos elementos autobiográficos y que nos habla del encuentro con el otro. Con ese otro distinto, extranjero, que no conoce tu lengua, pero que a través del juego y teniendo como escenario el mar, nos transporta a una historia de amistad, de manera tierna, sencilla y profunda.
En las páginas finales del libro, el autor nos cuenta el origen de su relato. De ese barrio de pescadores en el estrecho de Gibraltar y el encuentro entre un niño andaluz y uno japonés. Las ilustraciones denotan con mucho cuidado, la admiración de Lozano por la sensibilidad artística japonesa, por su gusto por la simplicidad y su concepto del espacio.
Además, esta obra es una oda a la diversidad, de manera sutil, amable y muy respetuosa. Como el mismo autor recalca:
“También he querido reflejar la importancia del mestizaje, de las influencias que recibimos de otras culturas, que nos enriquecen al mostrarnos una mirada diferente.”

Que viva lo desigual, lo disparejo, lo diferente. Y que tengamos el corazón abierto para dejarnos llevar por nuestras propias reglas del verano. Esas que nacen de la curiosidad y la alegría. Y que los entornos que elijamos, sea el campo, el mar o la ciudad, nos acerquen a lecturas inolvidables.

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