Asistir a la Feria de Bolonia ha sido una experiencia que sigo disfrutando. No solo por el encuentro con otros profesionales vinculados al libro, sino también por conocer de cerca otras formas de hacer arte, de contar historias y conectar con el lector.
Este descubrimiento cobra especial relevancia en un momento en el que la inteligencia artificial está muy presente y a veces confiamos en que un procesador de información puede hacer más y mejores cosas. Seguramente en otros ámbitos sea así, pero el arte, al menos desde mi mirada, sigue siendo un rubro en el que la sensibilidad y la presencia humana son indispensables.
Es por eso que ha sido muy grato encontrarme con el trabajo de Fernando Arce, ilustrador arequipeño recientemente reconocido en la Feria de Bolonia y con quien he tenido la oportunidad de conversar sobre su recorrido y este encuentro entre la cerámica y la ilustración como forma de narrar.
¿En qué momento aparece la ilustración como una forma complementaria de narrar?
Bueno, yo vengo de una familia de ceramistas y lo último que quería era ser ceramista. Decidí estudiar diseño y es ahí donde la ilustración aparece con más claridad. Ahí necesitas comunicar un concepto a través de imágenes. Entiendo de alguna forma el poder narrativo de la imagen. Luego comienzo a fusionar un poco la ilustración con la misma cerámica.

Yo no me daba cuenta en ese momento, qué era la ilustración. Para mí simplemente era diseñar y hacer encargos. Hoy en día lo tomo como una especie de lenguaje propio. Hago cerámica ilustrada, de alguna forma.
“El experimentar con objetos de alguna manera para mí vuelve un poco más humano lo que vamos creando».
Infancia, extrañeza y juego
Cuando estás modelando, ¿qué te interesa explorar?
Depende del proyecto, me pongo una especie de piel o máscara y me disfrazo de ello y veo qué es lo que necesita ese proyecto. A mí, por ejemplo, me interesa mucho la infancia, pero no desde un lugar nostálgico, sino desde el lugar más extraño, quizás un poco incómodo. Para mí hay algo en la infancia que me permite romper las reglas, deformar el cuerpo, jugar con lo absurdo, especialmente lo absurdo.
Mis personajes, por lo general, están en busca de algo, o están en un viaje, o están en un lugar, pero volando en su cabeza. Al menos eso es lo que intento transmitir con lo que voy creando.
¿Cómo se ha ido desarrollando este interés en la infancia?
Para mí es una especie de punto de partida, pero no es un tema fijo. Me encanta la infancia por la libertad, todo es posible en ella. Esa libertad entre lo real y lo imaginado.

Y sobre esos personajes que están en busca de algo, ¿qué tipo de viajes emprenden?
Todo personaje siempre nace de mí, de mis experiencias. Yo de muy niño, era una persona muy de casa. No salía, no viajaba mucho. Y creo que por medio de los personajes me desplazaba, conocía mucho más, era como ir como hacia lo desconocido. Al final no sabes bien hacia dónde vas, pero para mí lo más importante es el viaje que tiene el personaje.
Perder la cabeza en Bolonia


Hablemos de Bolonia. Participaste en la Exhibición de Ilustradores, un espacio muy competitivo y una vitrina muy importante. Cuéntanos del proceso y del proyecto con el que participaste y ganaste.
Participé con la serie TOY o juguete. Es un personaje sin cabeza que la usa como si fuera una especie de juguete. En ese gesto la cabeza se vuelve de alguna forma también parte de la imaginación del personaje. En la serie la puedes ver en diferentes situaciones, jugando con la cabeza como si fuera una pelota de fútbol o en el sube y baja.
También en la historia el personaje pierde la cabeza. ¿Y qué conlleva eso? Puedo tocar otro tipo de cosas, no sé, la identidad, la pérdida, pero de una manera no tan directa, sino para que quien vea las imágenes se haga ese tipo de preguntas también.

«A mí me interesa explorar ese tipo de juego e identidad en las historias, ¿qué pasa si desaparece algo?, ¿qué le puede ocurrir al personaje?, ¿o qué te puedes imaginar?»
¿Esta historia tenía texto?
No, era un libro silente. La técnica que utilicé fue algo que hago también con mis propuestas, utilizo cerámica o arcilla, pero también mezclo dibujo, collage, pintura, dependiendo mucho de qué es lo que quiera transmitir.
TOY tenía collage de papeles manchados con negro y cartulina para los piecitos y las manos, las cabezas eran de cerámica. Es jugar con el mismo proceso. No es que yo me quede encerrado con la cerámica, es ver dónde encaja cada material y cada técnica.
¿Hubo algo que te sorprendiera especialmente en Bolonia?
A mí lo que me sorprendió fue la diversidad de miradas que tenían ahí los ilustradores. Por ejemplo, hay una idea de que la ilustración infantil tiene ciertos límites, pero eso no es cierto y los límites se rompen allá en Bolonia. También es valioso como cada autor va construyendo su propio lenguaje con sus propuestas. A veces no es necesario encajar en algún estilo, la idea es disfrutar, experimentar cosas. Y eso es lo lindo de la ilustración, porque no te detienes, no te encasillas. Sigues disfrutando como niño, disfrutando del proceso de crear.
El proceso: de lo sensorial a lo material
¿Tienes claro desde el inicio qué elementos vas a usar, o es algo que vas descubriendo mientras estás creando?

Mira, yo tomo una hoja de papel y hago tres columnas. En una pongo sensaciones o sentimientos, en la del medio pongo colores y en la última pongo seres animados o inanimados. De esa manera, si me pasan un texto voy anotando, ¿qué sensaciones me transmite?, ¿qué colores puedo sentir o ver en esas palabras? Y al final pongo también lo de seres animados o inanimados.
Hubo un libro, por ejemplo, en el que usé hojas secas. Era un texto de poesía y parecía que tenían mucha fragilidad, pero a la vez fuerza. Y cuando ves una hoja seca, ves los bordes que son dentados y te transmite esa fuerza. Pero cuando la aprietas la hoja se deshace, es muy frágil. Al tocar el objeto me produce muchas cosas, me estimula de otra manera la imaginación.
«Al inicio me ha costado mucho el hecho de incluir cerámica y que la gente entienda que esto también es ilustración, de que yo pueda, narrar con este tipo de cosas. Yo hago ilustración en objetos, pero también puedo hacer cosas planas y dibujar sobre arcilla».
¿Qué te gustaría seguir explorando en tu trabajo en los próximos años?
Me gustaría seguir conociendo un poco más el material que tengo, generar colores. También seguir fusionando con técnicas, con el dibujo, con la pintura, con el collage, seguir probando cosas.
Y otra cosa que quisiera, es seguir explorando historias más largas. Más que nada libros silentes. Algo que escuchaba en Bolonia con la serie de TOY, es que la sentían un poco oscura. Claro, tiene un poco de oscuridad, pero por ahí va también la línea de historias que hago. Tengo un proyecto de libro que es acerca de la muerte que tiene miedo de salir de su casa. Y se le van apareciendo diferentes situaciones a la pequeña muerte de por qué no quiere salir, o por qué tiene miedo. Vas jugando con ese tipo de historias, con el absurdo. Es absurdo que la muerte tenga miedo de salir de casa. Quisiera seguir explorando ese tipo de historias también.

Fernando Arce
Nació en Arequipa, Perú (1982). Pertenece a una familia de ceramistas, aunque su camino en las artes visuales comenzó en el diseño gráfico. Años más tarde siguió una especialización en Arte Cerámico en Argentina. Ha impartido diversos cursos y talleres en Brasil, Colombia, Argentina, Bolivia y el Perú.
Su primer libro ilustrado, Cerrar los ojos y viajar donde nunca estuve (Parque Vacío Ediciones, 2023) surgió como registro de una exposición realizada tras obtener el primer lugar en el IV Premio Internacional de Ilustración Tragaluz (Medellín, 2021).
A lo largo de su carrera ha recibido diversos reconocimientos en ilustración, diseño gráfico y cerámica. Recientemente su trabajo TOY ha sido seleccionado para formar parte de la Exhibición de Ilustradores de la Feria del Libro Infantil de Bolonia, uno de los espacios más relevantes de la ilustración contemporánea a nivel internacional.

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